domingo, 4 de enero de 2015

REFLEJOS


A Ruhirwa.
Llegó el atardecer
y desnudó el mundo.
Y sus manos, sólo escribían...


Te escribo desde el este, con la esperanza de que sigas caminando, con aquel buen principio tuyo del movimiento. Dime, mi amigo, ¿aún lloran las colinas sobre tu pecho?. Sí, tus mil colinas...

Hoy es un día de esos sin reflejos. Ni el mío, ni el tuyo, sobreviven en mi cristal. Quizá abandoné el espacio donde guardé aquella mirada. Quizá comencé a alejarme de aquello que tanto amé... Tal vez encontré el manantial de aquel dolor, y, sació mi alma.

Creer, creer... En la vida, en la flor, en el ave. Creer en la montaña, en la idea ineludible de que ella jamás tendrá piernas, que nunca podrá caminar. Y creer en las palabras diseminadas, volátiles como diente de león, olvidadas. Creer en la existencia de tu único nombre, en la fuerza que anima tu voz y la hace causa, destello, vigor, nota. Creer en intenciones que gravitan sin hélices, que vagan al destierro, al lugar donde acaba el pensamiento. Quizá, el tuyo, el mío, el nuestro...

No hay puertas para que entre tu nombre, nadie lo pronunciará ya, y aún cuando hubo un tiempo que fue pronunciado, no queda rastro de sus vocablos. Porque nada detiene el olvido al que somos destinados.

La vida es un reflejo fugaz, sobre un espejo aparente que nadie cristalizó; que nadie sabe de dónde surgió su rayo, y, a dónde va su eco. Nuestros huesos cosidos con invisibles hilos; nuestras manos vestidas de enredaderas torpes, trepan por imposibles tapias; nuestros pies, prisioneros de anillos, se enredan... Ruedas que los aplasta, simples guijarros que cantaba el poeta.
Y, nos paramos delante del espejo, a veces por un tiempo, otras un instante. Nos buscamos dentro de él, cruzamos por su puerta, rasgamos su figura y, nos acoplamos a nuestra ilusoria necesidad de ver su fondo. Fondo invisible a nuestros ojos. La opaca garantía de la quimera: “ser y no ser”.

De niños, nos miramos en todos los cristales al pasar por el laberinto de las calles. Abrimos los ojos como lo hacen nuestros monstruos; movemos las orejas, erizamos el pelo; hacemos muecas con la boca y estiramos el chicle hasta el ombligo, y, nos hacemos risas y reímos de nuestra cara; en nuestra cara; con nuestra propia cara. 
De jóvenes, nos estudiamos palmo a palmo delante de él, y hasta el más ínfimo lunar nos hace gracia; nos buscamos secretos entre la piel, los desnudamos, y seguimos sin ver; y todo nos parece estar más allá de nuestras manos. 
De adultos, nos asustamos ante él y nos miramos poco, porque el espejo no nos reconoce. ¿Quién es ese?, le preguntamos de reojo. Asumimos que el espejo miente, que él no sabe nada, ni de éste, ni de aquél.
Porque él no cuenta el sufrimiento de cada imagen, ni el dolor, ni el miedo, ni el silencio que deja cada ceguera en la piel.

Cuando ya muy viejos, sencillamente, no nos vemos. La muerte no se refleja – decía Yurema, el día que se le borraron los ojos de la cara – , y sin embargo, ésa es la imagen real que proyectamos: ojos ciegos.

Me cantaba mi madre la canción del camino
donde el hada perdió su diadema dorada.
Todos los ojos ciegos salieron a buscarla...
La encontraron los duendes del bosque diminuto
entre las hojas blancas de un roble moribundo.
Todos los ojos ciegos lucieron con su brillo...

Tú sabes, que ya no sueño con figuras de espejos. Te reías de mí, al nombrarte los múltiples disfraces que el espejo me ofrecía... Y yo, autómata, me alejaba de principios honorables y presumía de mi tierra de espejos. Y tú, paciente, me dejabas caer en las lagunas de mi mundo. "Espejos rotos, reflejos huidos", decías, mientras la luna brillaba en tu piel...

La realidad se inventa mil formas, millones de intenciones se dibujan sobre el simple espejo, apenas bocas, alas, hojas, llamas, agua... Luces y sombras caminan de la mano, entrelazadas, buscando realces sobre el lienzo, el colorido intento de llenar un espacio, de lograr no ser borrado.
Pero el espejo no sabe de raíces ni de manos pintoras bordeando contornos; ni sabe del instante en el que se paralizaron tus ojos, tu voz, tu risa. La mía...

Iré a verte pronto, mi amigo. África canta en mí su canción viva, y yo, quiero cantar para ti, con ella... Volveré contigo a la ruta de las palabras, aquellas que formaban un largo camino, y llegaban a los pies de Virunga. Tú y yo sabemos, que jamás fueron vanas, ni escasas de logros, pero el peregrinaje acabó... El viejo maestro Yurema, insistía, en que jamás hay que volver a donde el dolor nace. Es causa perdida buscar la profundidad de su manantial. ¿Para qué?. “Hay que mantenerse en movimiento”, cantaba con pasión:
"En mouvement je suis, mes pieds savent le chemin"... 

Como la propia vida que no cesa un instante, de crecer y crecer... De morir y morir... “Es sabio para el doliente, sentirse estirado, alargado, porque al final, un día se romperá, y no tendrá que arrastrar más su dolencia”... Pero tú te rompiste sin esperar...

Rwanda tiene colinas, 
con mil heridas abiertas,
donde tu nombre se pierde,
donde tus ojos se ciegan.
La lluvia lava tu cara,
las ojeras del camino,
arrastra los viejos males,
se lleva aquello perdido.

Cuéntame tus silencios. Háblame de tus pasos, del lugar a donde fuiste... 
El ibis guarda secretos bajo su blanco plumaje... Recuerdo tanto tus canciones...

Dime, mi amigo inolvidable, de impronunciable nombre, ¿sanaron tus cicatrices?.
Las mías han curado, a trozos; pero aún no se reflejan en el cristal...
Desde esta orilla espero tu respuesta, algún reflejo. Aquí, donde el Mediterráneo quisiera ser colina.
Del libro (inédito) "Cartas desde la orilla", parte II, por Clarisa Tomás.

Unas palabras...
Gracias por vuestras lecturas, por estar ahí. Buen año 2015 para todos, en la esperanza de una mejora en nuestra humanidad. 

Hay muchas cosas por lograr sobre esta tierra, pero lo que más urge es humanizarnos. Pienso que sin voluntad para acabar con tanta injusticia y desigualdad social, y, mientras los gobiernos no se unan entre ellos y luchen de verdad por el bien común y el respeto por este hogar de tierra, y todos sus habitantes, nada podrá lograr una voz aislada... Mas, honran nuestras vidas y memoria todos los que han luchado y luchan, incluso con su vida, por alcanzar un mundo mejor. A ellos les debemos nuestra esperanza. Y es por ello, que considero, que todos los sufridores del mundo han de unirse, para defenderse de este estado de cosas inaceptables. Unidos pacíficamente, pero con determinación ante la avaricia de los que creen que el mundo sólo es suyo; y, que no son otros, que los poderes públicos apoyados por los grandes poderes económicos y financieros, y, los poderes religiosos. Lo único que queda claro, es, que la injusticia crece en exponencial con la crueldad.

Es horrible nuestra actualidad mundana. No hay rincón donde no haya muertes, violaciones, hambre, corrupción, miseria... Y todo es consentido y con la complicidad de los que gobiernan. Parece que el hombre sólo tenga el objetivo de acumular riquezas particulares, y por esa riqueza, que al final es falsa, cuánto sufrimiento de personas, animales, naturaleza toda.

Pero, aunque parezca estéril e inútil la lucha de tantos, yo creo que este camino de soberbia acabará. El hombre aprenderá al fin, que solo, no es nada. Volverá a su razón. Con este pensamiento me consuelo. Pero sigo sin  comprender, ¿cómo puede alguien quitarle la sonrisa a un niño?...
Siempre lo mejor para ustedes.
Clarisa.