Nada
me debes,
vivimos
tú y yo en planetas voluntarios,
movemos nuestras hélices según el cariño se despierta.
Donde
habitamos,
los
condicionantes no existen, hace tiempo migraron a Júpiter
o quizá más lejos.
Nada
te debo,
voy
y vengo del encuentro a la despedida,
del
prólogo al epílogo
como
un barco
sin puerto donde arribar.
Solo
el color motiva mi hospedaje,
me
quedo en el turquesa,
fuera
de tu ruta, lejana de tus motivaciones.
No
me enfrento a los desaires,
no
busco en la arena.
No
me rijo por normas ajenas,
no
pretendo ser heroína
de un mapa que sólo tu mano ha dibujado.
Nada
nos debemos
porque
nada tenemos
y
nada somos;
aunque
nuestro uno sea un todo;
aunque
nuestro todo sea nada;
la
nada que vaga sin ser,
que
se escapa,
que
se arrincona en su guarida.
Sabemos
que el tiempo mata las promesas
y
las vuelve cenizas del pasado,
fragancias sin olores,
torres
sin vigías que nos alerten...
Nada
es nuestro
después
de haber sido;
volcado
el recipiente,
se
derrama la nada en su evidencia.
Sin
despecho, la clara condición de lo vivido
nos
muestra su cúmulo de irrelevancias
y
con ellas, se entrelazan pretéritos,
los
silbidos de los momentos
que
ya no cantan ni cantarán.
Irrelevante
eres;
irrelevancia
soy.
Quizá
hemos perdido la brújula del tiempo,
quizá
hemos hallado el punto muerto,
o
el ígneo permanente.
Pero
hay un cruce de caminos
que
ya no amparará nuestra memoria.
Una
onda que no alcanzará la nota fugitiva.
Una
palabra se quedará sola.
Una
palabra rota.
Del libro: "Entre dos tierras. Edit. Punto Rojo, nov. 2015. © All Rights Reserved.
Clarisa T. © All Rights Reserved.
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