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domingo, 23 de julio de 2023

DESPEDIDA

 

https://pixabay.com

"La aventura es la única
manera de robarle tiempo a la muerte".
Paul-Èmile Victor.

Despedida
Todo ha cambiado en mí,
la vida es un pájaro,
vuela, vuela alto.
¡Nube blanca
de mis amores,
cuánto has crecido!

No encuentro flores
para jugar,
no veo árboles
donde soñar.
Dulce jirafa
de los caminos:
¡ven a mí!
Lame mis lágrimas,
este destino.

En los lugares
donde cantaban
mis amigos,
arde la hierba,
sombrea el humo.

Todo ha cambiado aquí,
el viento pasa veloz
y nunca se queda.
En los timbales
de la manyatta
suena la pena,
cantos de ausencia.

Colibrí
de mil colores:
¡Ven a mí!
Mi corazón
fluye en aromas
de la niñez.
No veo cielos
donde pintar,
no encuentro
rama donde anidar.

Todo ha cambiado en mí,
la vida es un pájaro,
vuela, vuela alto...
🌱🌱🌱

Niñez...

Kwaheri (del Suajili, mi humilde aproximación).

Kila kitu kimebadilika ndani yangu
maisha ni ndege
kuruka, kuruka juu
¡wingu jeupe
wa wapenzi wangu,
ulikua kiasi gani!

Siwezi kupata maua
kucheza,
Sioni miti
wapi kuota
twiga mtamu
ya barabara:
njoo kwangu!
lamba machozi yangu,
marudio haya.

Katika maeneo
ambapo waliimba
rafiki zangu,
nyasi zinaungua,
kivuli moshi.

Kila kitu kimebadilika hapa
upepo huenda haraka
na kamwe kukaa
kwenye ngoma
ya manyatta
huzuni inasikika,
nyimbo za kutokuwepo.

Hummingbird
ya rangi elfu:
Njoo kwangu!
Moyo wangu
inapita katika harufu
tangu utotoni.
sioni mbingu
wapi kuchora,
Siwezi kupata
tawi mahali pa kuweka kiota

Kila kitu kimebadilika ndani yangu
maisha ni ndege
kuruka, kuruka juu …

Clarisa Tomás Campa.  © All Rights Reserved.

Gracias, lectores. 🙏
Merci beaucoup à tous! 

   Note: 
   Estimados lectores, amigos entrañables, os deseo un feliz tiempo.🪁🌞🎶  A los que disfrutáis del tiempo estival y a los que no. Siempre agradecida de vuestras lecturas y comentarios. ¡Insistamos en la aventura de vivir! 🤗🌱🙏🌏🌎🌍
   Hoy quise traer este poema dedicado a una anciana masai que conocí hace un tiempo. Ella dejó en mí un río de ternura que conservaré hasta el final de mis ojos. La adorable vida sencilla... Hoy no hablamos de la guerra (hay demasiadas en el mundo, unas cercanas, otras lejanas). Hablamos de las diferentes formas de afrontar el final de la vida, según el lugar de nacimiento.
   En las culturas africanas, los ancianos son cuidados por la familia y se vería muy mal, socialmente, que no fuese así. Incluso es motivo de orgullo y de respeto social.
   En la cultura masai (habitan en Kenia y Tanzania), el día de la muerte de un anciano o anciana se mata un toro, la gente lo come y se dejan sus huesos y vísceras junto al muerto, en la llanura, para que el olor atraiga a las hienas y vengan a comerse el cadáver. Sólo existen las tumbas para los ricos y laibones (hechiceros). Según su religión, que carece de normas, su dios Ngöi, es una referencia de la Creación. No tiene casi ceremoniales. El único destino en el que la tribu cree es que el hombre vive y muere en soledad. De ahí esa entereza ante el final, supongo.
   Cuando un niño, un joven o una joven mueren, se abandona el cadáver en la sabana y se entierra su nombre. Nadie vuelve a hablar de él, ni siquiera la familia, y cualquiera que en la aldea tenga su mismo nombre pasa a llamarse de otra forma. Si muere un viejo dejando hijos su nombre no se entierra sino que sus hijos lo heredarán.
   Cuando llega la fatal decrepitud, la arrogancia perdida, ese momento de hombres y mujeres fatigados y resignados a no poder continuar una vida que todavía aman y cuyo paso apenas pueden ya soportar; cuando ya el viento es el único que posee el privilegio del grito, los ancianos rumorean una canción de despedida... Cantan al perfume de la niñez perdida...
   Para los masais cada día tiene un significado que debe celebrarse y siempre hay algo que celebrar, incluso la muerte. Su filosofía de vida la expresan, sobre todo, sus refranes. “Nadie es tan inteligente como para que nunca le engañen”; “Las hazañas de un hombre importan más que su cuna”; “No hay nada tan malo que no pueda ser olvidado”; y la mejor de todas: “Un corazón caído no puede ser salvado”.
   Por eso hay que mantener siempre el corazón fuerte, aferrado a la esperanza.
   (No quería extenderme mucho, pardon 🙏). Pero hay otra cosa curiosa (que llamó mi atención mucho) de la cultura masai y es que cuando un hombre se casa, si resulta impotente o estéril la mujer puede dormir con el hombre que escoja entre los amigos de su esposo. Los hijos que ella tenga se considerarán siempre hijos del marido. ¡La vida sucede sin conflictos! 🌱😄
   ¡Os dejo un millón de sonrisas! 🌞🌻🤗 
   Y sí, ¡Gloria a Ucrania! Слава Україні!  ahora y siempre. ¡Paz!

Clarisa Tomás Campa.  © All Rights Reserved.

domingo, 3 de enero de 2021

SAMBURU

Jóvenes de la etnia Samburu vestidas con adornos típicos, en Samburu (Kenia).

"Recuerda, si hay tormenta, habrá arcoíris".

Proverbio africano.

Samburu

¡La belleza es una luciérnaga de oro!

Por el camino a Samburu

encontré corazones sensibles

y valles donde el arcoíris canta.

Las acacias delgadas

y la flor amarilla

se mecían entre polvaredas

y soles caminantes.

La fauna dorada se dejaba

ver por las veredas

en busca del lecho fresco.

Y allá, en la manyatta,

la vida poblaba fértil y roja.


Al atardecer las colinas

se pintan de ocres y frutos maduros,

en sus cimas secretas,

los veleros alados ondulan

sin temor a la noche.

Yo también fui pluma nueva

con su propio dominio pasajero,

irisada en los lugares sagrados

sin prisa de volver.


Mi corazón suspiró como la presa

que escapa de la jaula y vuelve al vuelo.

Ya estoy donde quería, ¡tierra ceñida

por ojos que desbordan! 

Alzada fui hasta el himno del Poeta,

una luz asomaba, sonreía...

Abrí los ojos al color de aquellas

voces transparentes. Amanecía...

💧💧💧


La reserva Samburo se encuentra en la parte central de Kenia al norte del río Ewaso Ng'iro y los montes Koltogor y Ololokwe. Llamado pueblo nilótico, como los Masái.

Clarisa Tomás Campa.  © All Rights Reserved.

Gracias, lectores. 🙏
Merci beaucoup à tous!

Queridos lectores: os deseo un feliz año 2021, lleno de ilusiones y en buena compañía. Y con esperanza.  " El río se llena con pequeños arroyos". Proverbio africano. 
Volvemos al viaje de la Vida. A escribir... Espero que me acompañéis. 🌎🌍💚🌞🌏🪁✍🌱🐾🌹

martes, 12 de mayo de 2020

LOS RIESGOS DE NACER NIÑA


Fotografía de Stephanie Sinclair
Una adolescente se toma un descanso en su venta ambulante de baratijas en Mange Bureh. Las niñas no escolarizadas que trabajan en las calles de Sierra Leona para contribuir a la economía familiar corren especial peligro en un país donde los delitos contra ellas suelen quedar impunes.

#Yomequedoencasa  😷😉🌹📚🌍😘🎶🍀✍🙏🙋‍♀️ 

LOS RIESGOS DE NACER NIÑA

Cómo la identidad de género condiciona nuestras vidas

   La pobreza, la violencia y las tradiciones culturales oprimen a millones de niñas del mundo entero, pero algunas ven un rayo de esperanza en la educación.

   Sierra Leona es uno de los peores lugares del mundo para ser niña.

   En este país de África occidental, habitado por unos seis millones de personas, desgarrado por una cruenta guerra civil que duró más de una década y devastado por el Ébola, el simple hecho de nacer niña se traduce en una vida de barreras y tradiciones que a menudo dan más valor a su cuerpo que a su mente. La mayoría de las mujeres de Sierra Leona —el 90% según Unicef— han sido sometidas a la mutilación genital, una práctica que las inicia en la vida adulta y supuestamente las hace más deseables para el matrimonio, pero que también es un método de represión sexual profundamente arraigado en su cultura. Casi la mitad de las chicas se casan antes de los 18 años, y muchas se quedan embarazadas mucho más jóvenes, a menudo en su segundo o tercer ciclo menstrual. Muchas son víctimas de la violencia sexual; las violaciones suelen quedar impunes. En 2013 más del 25% de las sierraleonesas de entre 15 y 19 años estaban embarazadas o ya eran madres, lo que supone una de las tasas de gestación más elevadas del mundo para esta franja de edad. Y demasiadas mueren en el parto: es el porcentaje más alto del mundo, según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud y otras entidades internacionales. La mutilación genital femenina puede elevar el riesgo de sufrir complicaciones obstétricas.

Fotografía de Stephanie Sinclair.
Una niña es sometida a una mutilación genital durante una ceremonia colectiva celebrada en un colegio de Bandung, Indonesia, en 2006. Según Unicef, al menos 200 millones de niñas y mujeres de unos 30 países -entre ellas alrededor de la mitad de las indonesias menores de 12 años- han sufrido la mutilación genital. La práctica sigue realizándose y no siempre con las condiciones higiénicas adecuadas. 

   «Si vas a las provincias te encuentras con chicas de 23 años, de 15 años, ya casadas y con sus bebés en brazos», dice Annie Mafinda, comadrona del Rainbo Center, que ayuda a víctimas de la violencia sexual en Freetown, la capital de Sierra Leona. Muchas de las pacientes atendidas en este centro tienen entre 12 y 15 años».

Fotografía de Stephanie Sinclair.
Los matrimonios concertados son habituales en Sierra Leona. Baby Sibureh, de 17 años, y Claude Seibureh, de 48, vecinos de Freetown, se casaron en plena crisis del ébola. Cuando nació su hijo Joseph, a la madre hubo que hacerle una cesárea.

    Entre otras historias, dice Alexis:

  Cuando conocí a Sarah en Freetown, una ciudad que se levanta sobre una península montañosa junto a un puerto rutilante, tenía 14 años y estaba embarazada de seis meses, aunque parecía varios años más joven. Hablaba en un susurro, era bajita y menuda, llevaba las uñas de los pies pintadas de rojo y el pelo bien recogido bajo un pañuelo de color melocotón. Me contó que la había violado un muchacho, vecino de su familia, que se marchó de la ciudad tras la supuesta agresión. Cuando su madre se enteró de que estaba embarazada, la echó de casa. Ahora Sarah (cuyo apellido nos reservamos) vive con la madre del chico que según ella la forzó. La madre del supuesto violador fue la única que se prestó a acogerla; en Sierra Leona las mujeres suelen vivir con la familia del esposo. Sarah tiene que cocinar, limpiar la casa y hacer la colada. Me contó que la madre del chico le pega cuando, de puro agotamiento, no cumple con sus tareas.

   Con tantas trabas, ¿cómo puede una chica como Sarah sobrevivir y salir adelante en Sierra Leona?

  Las sierraleonesas suelen decir que el trauma de su país tiene su origen en la guerra civil que enfrentó a grupos rebeldes y al Gobierno. Desde 1991 y durante 10 años, miles de niñas y mujeres fueron violadas. Decenas de miles de personas fueron asesinadas. Y más de dos millones se vieron desplazadas. Más recientemente ha sido el virus del Ébola el que ha hecho estragos en el país, cobrándose una 4.000 vidas en menos de dos años.

Fotografía de Stephanie Sinclair.
Niñas de la aldea sierraleonesa de Masanga toman parte en ceremonias Bondo alternativas en las que se inician como mujeres adultas sin someterse a la mutilación genital. 

  «En este país no importa la vida, ni el cuerpo, ni el alma de las mujeres jóvenes —afirma Fatou Wurie, nacida en Sierra Leona, criada en el extranjero y que regresó a su país natal, a Freetown, donde trabaja en pro de los derechos de las mujeres—. Hasta la última política que implantamos excluye la voz de las jóvenes sierraleonesas».

Al participar en una ceremonia Bondo, alternativa que no incluye la mutilación genital femenina, estas niñas de Masanga reciben educación gratuita garantizada por Masanga Assistance Education, una organización suiza sin ánimo de lucro. 

   A pesar de que he pasado largas temporadas en diversos lugares de África occidental, la primera vez que pisé Sierra Leona me quedé profundamente impactada. He estado en Nigeria, Ghana, Senegal y Costa de Marfil, pero Sierra Leona me pareció diferente: menos acogedora, menos exuberante, más suspicaz y recelosa. Sin embargo, también descubrí que incluso en este país tan turbulento hay jóvenes que encuentran la manera de sobreponerse por encima de todo.

Fotografía de Stephanie Sinclair.
Rinki y Arti Kumari comparten un momento distendido en su habitación durante un receso de las clases que reciben en la escuela pública a la que asisten, la Kasturba Gandhi Balika Vidyalaya de Forbesganj, en la India. Entidad benéfica gestionado por Apne Aaap, cuya misión es poner fin a la trata sexual.

🌹🌹🌹

Clarisa Tomás Campa.  © All Rights Reserved.

*********

Fuentes: Alexis Okeowo
Fotografías de Stephanie Sinclais

Gracias, lectores. 🙏
Merci beaucoup à tous!

Nous connaissons nos malheurs et ils nous semblent uniques. Dans le monde, il y a beaucoup de malheurs communs...

#Yomequedoencasa  😷😉🌹📚🌍😘🎶🍀✍🙏🙋‍♀️ 

jueves, 23 de abril de 2020

MAUA MAZURI

Imagen: Libro Cuando fuimos ojos de lluvia (Clarisa T.)
Clarisa Tomás Campa.  © All Rights Reserved.

Estimados lectores:
Hoy se celebra el Día del Libro y yo os regalo una canción infantil que habla de flores. Os regalo flores musicales y os invito a leer algunos de mis libros. Mi pequeños libros hablan de viajes, puentes, tierra, lluvia, amor, esperanza... Escritos con la humildad de una aprendiz y con todo el cariño de una superviviente del día, y, casi siempre, desde el lado poético del corazón. A veces en prosa y otras en versos. Relatos y cuentos. Poesía que encontré en las orillas, en las simples hojas que el viento trae a mis pies y en los mares dorados de mis sueños.
Gracias. 🌹🌹🌹📚🎵😘


Dejo aquí algunos enlaces por si alguien tiene interés:
En Francia:
En Italia:
En Japón:
Spanish Edition:
En Librerías:
En Casa del Libro:
En el Corte Inglés:
En LibrosCC:

Algunos de mis libros también se encuentran en:



🌸🌼🌹🌱

Maua Mazuri
(Canción infantil de Tanzania) 
(Swahili)


Maua mazuri yapendeza
Maua mazuri yapendeza
Ukiyatazama yanameremeta
Hakuna limoja lisilo pendeza
Ukiyatazama, yanameremeta
Hakuna limoja lisilo pendeza

Maua mazuri yapendeza
Maua mazuri yapendeza
Ukiyatazama yanameremeta
Maua mazuri yapendeza
Ukiyatazama yanameremeta
Maua mazuri yapendeza

Maua mazuri yapendeza
Ukiyatazama utachekelea
Hakuna mmoja asiye yapenda
Maua mazuri yapendeza
Ukiyatazama utachekelea
Hakuna mmoja asiye yapenda

Las bellas flores

Las bellas flores están tan bonitas.
Las bellas flores están tan bonitas.
Cuando las miráis, brillan.
No hay una que no sea bonita.
Cuando las miráis, brillan.
No hay una que no sea bonita.

Las bellas flores están tan bonitas.
Las bellas flores están tan bonitas.
Cuando las miráis, brillan.
Las bellas flores están tan bonitas.
Cuando las miráis, brillan.
Las bellas flores están tan bonitas.


Las bellas flores están tan bonitas.
Cuando las miráis, os hacen sonreír.
No hay nadie a quien no le gusten.
Las bellas flores están tan bonitas.
Cuando las miráis, os hacen sonreír.
No hay nadie a quien no le gusten.

🌼🌸🌹🌱
 © All Rights Reserved.


Gracias, lectores. 🙏
Merci beaucoup à tous!

#Yomequedoencasa  😷😉🌹📚🌍😘🎶🍀✍🙏🙋‍♀️ 


Clarisa Tomás Campa.  © All Rights Reserved.

Niños alegres 

miércoles, 5 de abril de 2017

LA VIDA AL DESNUDO

Jeannette Ayinkamiye, 17 años, agricultora y costurera.
Colina de Kinyinya (Maranyundo). Víctima del Genocidio de Rwuanda. Abril, 1994.
Autor: Raymond Depardon. Tomada del libro La vida al desnudo: Voces de Ruanda.

   Cuando se van a cumplir 23 años del genocidio ruandés, os traigo este libro sobre lo sucedido. Libro que relata la barbarie a través de algunas voces supervivientes, sin más pretensión por parte de su autor que la de escuchar a las víctimas para apaciguar su desasosiego. Darles voz, para compensarles, al menos, con su testimonio escrito, y que éste no caiga en el olvido.
Para mí, por circunstancias personales, el genocidio de Rwanda siempre tendrá un verso, una palabra desde mi corazón, a tal hecho inhumano. Por otro lado, este libro es singular, muy recomendable su lectura, para quienes se preguntan cuándo un hombre deja de serlo para convertirse en matarife de su propia sangre. (Aunque esa respuesta nadie sabe).

La vida al desnudo: Voces de Ruanda
Autor: Jean Hatzfeld
Ediciones Turpial (2005)
Traducción de María Teresa de los Ríos
Título original:
Dans le un de la vie.
Récits des marais rwandais.
París, 2000
Fotografías de Raymond Depardon

Introducción
Entre las once de la mañana del lunes 11 de abril y las dos de la tarde del sábado 14 de mayo de 1994, alrededor de 50.000 tutsis – de una población aproximada de 59.000 – fueron masacrados a machetazos, todos los días de la semana de nueve y media de la mañana a cuatro de la tarde, por milicianos y vecinos hutus en las colinas del municipio de Nyamata, en Ruanda.
Unos días antes, en la tarde del 6 de abril de 1994, el avión que llevaba a Kigali al presidente de la República de Ruanda, Juvénal Habbyarimana, hizo explosión cuando sobrevolaba el aeropuerto. El atentado marcó el comienzo de las matanzas de población tutsi que, planificadas desde hacía meses, se iniciaron al amanecer en las calles de la capital y se extendieron por todo el país.
   En la aldea de Nyamata, en el paisaje de colinas y pantanos de la región de Bugesera, las matanzas comenzaron en la calle mayor cuatro días después. Oleadas de tutsis buscaron muy pronto refugio en las iglesias o huyeron hacia los platanares, los pantanos y los bosques de eucaliptos. Los días 14, 15 y 16 de abril fueron asesinadas cinco mil personas en la iglesia de Nyamata – y otras tantas en la de N`tarama, poblado situado a una veintena de kilómetros – por milicianos, militares y la inmensa mayoría de los vecinos hutus. Ambas masacres inauguraron el genocidio en esta comarca árida de duro suelo arcilloso. Se prolongó hasta mediados de mayo. A lo largo de un mes, milicias de asesinos disciplinados y sobrios que entonaban canciones, armados con machetes, lanzas y mazas, acorralaron a los fugitivos y los persiguieron hasta el bosque de eucaliptos de Kayumba y los pantanos de papiro de Nyamwiza. Su diligencia les permitió matar a cinco de cada seis tutsis, proporción semejante a la registrada en el conjunto de aldeas ruandesas y muy superior a la de las ciudades.
   Durante varios años los supervivientes de las colinas de Nyamata, al igual que de otros lugares, han guardado un silencio tan enigmático como el que guardaron los supervivientes de los campos de concentración nazis tras su liberación. Para unos, explican, «la vida se rompió», para otros «se detuvo», otros piensan que «es necesario reanudarla»; pero todos admiten que entre ellos sólo hablan del genocidio.
Para explicar un silencio tan largo decían también, por ejemplo, que «se vieron empujados a la cuneta, como si estuvieran de más». O que «desconfiaban de los seres humanos» y que estaban demasiado desanimados, alejados, «derrumbados». Que se sintieron «incómodos» o incluso «culpables» por haber ocupado el lugar de un conocido o haber recuperado las costumbres de los vivos.
Un genocidio no es una guerra especialmente mortífera y cruel. Es un proyecto de exterminio. Al final de una guerra los supervivientes civiles sienten una intensa necesidad de ofrecer su testimonio; al final de un genocidio, por el contrario, los supervivientes aspiran extrañamente al silencio. Su hermetismo resulta perturbador.
Llevará mucho tiempo escribir la historia del genocidio ruandés. Pero el objetivo del presente libro no es sumarse al cúmulo de investigaciones, documentos o novelas – a veces excelentes – ya publicados, sino únicamente dar a conocer estos asombrosos relatos de supervivientes.
   Un genocidio es – resumiendo la definición de una de las entrevistadas – una empresa inhumana imaginada por seres humanos, demasiado enloquecida y demasiado metódica para resultar comprensible. El relato de la huida a través de los pantanos de Claudine, Odette, Jean-Baptiste, Christine y sus vecinos; la narración, a menudo dura y magníficamente expresada, de sus acampadas nocturnas, de su desgracia, humillación y posterior apartamiento; sus reservas hacia los otros, sus obsesiones, sus complicidades y el escrutinio de sus recuerdos; sus reflexiones de supervivientes, pero también de campesinos africanos, nos acercan cuanto es posible a esa comprensión.
JEAN HATZFELD


AMANECER EN NYAMATA . (Fragmento).

Jeannette Ayinkamiye, 17 años, agricultora y costurera, Colina de Kinyinya (Maranyundo).

   Nací entre siete hermanos y dos hermanas. A papá lo tajaron el primer día, pero nunca supimos dónde. A mis hermanos los mataron poco después. Con mamá y mis hermanas pequeñas conseguimos huir hasta los pantanos. Aguantamos un mes bajo los enramados del papiro, casi sin ver ni oír nada del mundo.
Los días los pasábamos echados en el barro rodeados de serpientes y mosquitos, para protegernos de los ataques de los interahamwe. Por la noche vagábamos entre las casas abandonadas para buscar qué comer en las parcelas. Comíamos lo que encontrábamos, así que había muchos casos de diarrea; pero, por suerte, las enfermedades corrientes como la malaria y las fiebres de las lluvias parecían respetarnos por una vez. No sabíamos nada del exterior, salvo que los tutsis estaban siendo masacrados en todos los municipios y que todos moriríamos en poco tiempo.
   Teníamos la costumbre de escondernos en pequeños grupos. Un día los interahamwe descubrieron a mamá debajo de los papiros. Mamá se levantó y les ofreció dinero para que la mataran de un solo machetazo. La desnudaron para quitarle el dinero anudado a su pareo. Le cortaron primero los brazos y luego las piernas. Mamá murmuraba: «Santa Cecilia, Santa Cecilia», pero no suplicaba.
   Este pensamiento me entristece. Pero me pone igual de triste recordarlo en voz alta que en voz silenciosa, por eso no me molesta contárselo a usted.
   Mis dos hermanas pequeñas lo vieron todo porque estaban echadas al lado de mamá; a ellas también las golpearon. A Vanessa la hirieron en los tobillos, a Marie-Claire en la cabeza. Los matarifes no las despedazaron. Quizá porque tenían prisa, quizá lo hicieron a propósito, como con mamá. Yo sólo oí ruidos y gritos porque estaba disimulada en un hoyo un poco más lejos. Cuando los interahamwe se fueron salí y le di agua a mamá.

   Mamá permaneció tendida durante tres días hasta que finalmente murió. Al segundo día sólo podía susurrar: «Adiós, hijas» y pedir agua, pero seguía sin conseguir marcharse. Veía que para ella todo había acabado. Comprendía también que para ciertas personas que estaban abandonadas de todo y para quienes el sufrimiento se convertía en la última compañía, la muerte debeía de ser un trabajo demasiado largo y muy inútil. Al tercer día ya no podía tragar, sólo gemir en voz baja y mirar. Nunca cerró los ojos. Se llamaba Agnès Nyirabuguzi. En kinya-ruanda, Nyirabuguzi significa «la que es fecunda».
.......................
«A menudo lamento el tiempo malgastado en pensar en este mal. Me digo que el miedo nos roba el tiempo que la suerte nos ha reservado. Me repito, bromeando conmigo misma: «Bueno, si todavía hay alguien que quiera tajarme, que vaya a buscar su machete; después de todo no soy más que una persona superviviente, así que matará a alguien que debería estar muerto», y me divierto con esa fantasía.
Porque si uno se entretiene mucho con el miedo al genocida, pierde la esperanza. Pierde lo que ha conseguido salvar de la vida. Se arriesga a contaminarse con otra locura. Cuando pienso en el genocidio, en momentos de tranquilidad, reflexiono para saber dónde colocarlo dentro de la existencia, pero no encuentro ningún ligar. Quiero decir simplemente que no es humano».
Nyamata, abril de 2000.


Gracias, lectores. 🙏 "Haya paz".
Merci beaucoup à tous!

jueves, 22 de septiembre de 2016

FORTUNA E INFORTUNIO DE WADADJÉ



Del libro: 
Contes et légendes de la Corne de l' Áfrique (Cuentos y leyendas del Cuerno de África).
Autor: Yves Pinguilly.
Ed. Anaya (2003).
Ilustración: Tino Gatapán.
Traducción: María Durante.

Entre el mar Rojo y el Nilo Azul, al este del continente africano, El Cuerno de África constituye un mundo aparte...
(…) todavía allí, hoy en día, existen lugares donde los cuentos y las leyendas siguen confundiéndose con la vida real”.

Hoy os comparto este precioso cuento (IV) del libro de Yves Pinguilly, libro que es una maravilla y que desde aquí lo recomiendo. Por supuesto, a los que estén interesados en la cultura africana y sus leyendas.
🌱🌱🌱

Fortuna e infortunio de Wadadjé

    Tal vez aquel fuera el país en el que los hombres leían el porvenir en las entrañas de las vacas... Siempre conviene estar enterado de las costumbres de un lugar antes de visitarlo.
   Varias veces al día, Wadadjé contaba y volvía a contar los ochenta táleros de plata y las veinte monedas de oro que tenía en el bolsillo. Caminaba, sin decirle a nadie si peregrinaba a La Meca o a Lalibela. El caso es que llegó a una ciudad, y allí se quedó a descansar y a pasar la noche.
   Al día siguiente, después de tomar unas gachas de avena y manteca, se disponía a reemprender el camino cuando, por primera vez aquel día, se le ocurrió volver a contar su fortuna. Nada. Tenía el bolsillo vacío. Por más que metió en él la mano izquierda, después de haber metido la derecha, allí no había nada. No tenía la ropa rota y no se la había quitado para dormir, y se había acostado del lado en que guardaba las monedas. Tuvo que admitir que ningún ladrón podía haberle robado su pequeña fortuna. ¡Así que él era el único culpable, el único responsable! Seguramente, las dos bolsas de monedas se le habían caído mientras corría en medio de las sombras de la noche en busca de cobijo.
   Se dirigió a un dabtara que le recomendó que se fuera a ver al sacerdote.
   El sacerdote escuchó lo que Wadadjé le contaba, y le dijo que intervendría una vez convenida una pequeña cantidad de dinero, cantidad que iría a parar a las arcas de la iglesia si se recuperaba la fortuna.
   El sacerdote ordenó inmediatamente que se proclamara la noticia, y antes de que el sol se encontrara en equilibrio en el punto más alto del cielo, todos los habitantes se enteraron de que un hombre había perdido dos bolsas llenas de táleros de plata y de monedas de oro. Se enteraron también de que quien las hubiera encontrado estaba obligado a devolverlas, bajo pena de excomunión y de no conocer jamás la dulzura del paraíso de los cielos.
   Azieb, al igual que los demás, oyó el mensaje del sacerdote. Ella había encontrado las bolsas muy de mañana, cuando volvía de comprar una qunna de teff.
   Mientras calentaba el horno y engrasaba la plancha para hacer una injera, se decía repetidamente: «Tengo que ir a devolver ese dinero, tengo que ir...». Extendió la masa formando una hermosa espiral sobre la fuente de barro y siguió diciendo: «Tengo que ir a entregar ese dinero, tengo que ir a». Cubrió la masa y dejó que se calentara. Cuando la injera estuvo cocida, la sacó del horno con un plato de mimbre. Luego Azieb, que llevaba una cruz tatuada en el cuello, se puso en pie y dijo:
   – Ahora mismo voy a devolver ese dinero.
Se untó el cabello con manteca perfumada y, cuando se vio guapa, se fue a ver al sacerdote que aguardaba delante de la iglesia, en compañía del dabtara y Wadadjé.
   – Aquí están las dos bolsas que encontré esta mañana. Tienen muchos táleros de plata y monedas de oro.
   El sacerdote cogió las bolsas, le dio las gracias y volcó las monedas en el suel. Contó ochenta táleros de plata y veinte monedas de oro.
– ¿No falta nada? – Preguntó el sacerdote.
Wadadjé, que estaba muy sorprendido de que le devolvieran lo que había perdido, miró por encima a Azieb y dijo:
   – ¡No puede ser, esa mujer me devuelve la mitad del dinero! Se ha quedado con la otra mitad...
   – No es verdad. Te he devuelto todo lo que encontré.
Azieb juntó las manos, alzó los ojos al cielo y repitió:
   – No es verdad. Te he devuelto todo lo que encontré.
Wadadjé pretendía que le devolviera lo que él no había perdido. Él pensaba que una mujer capaz de devolver una fortuna así con toda seguridad debía ser muy rica.
Él insistió. Y ella repitió:
   – Es todo lo que encontré.
  El sacerdote estaba muy molesto. ¿Quién decía la verdad? ¿El forastero que le había prometido una recompensa para la iglesia o aquella mujer con la cruz tatuada en el cuello? Ante el temor de no saber juzgar acertadamente, les comentó que acudieran al rey: él estaba acostumbrado a impartir justicia.
 Una vez en presencia del rey, Wadadjé hizo dos reverencias, dijo en voz alta y sonora:
    – Que Dios os muestre la verdad – Y a continuación declaró – : Tenía ciento sesenta táleros de plata y cuarenta monedas de oro. Esta mujer ha encontrado mis dos bolsas, pero solo me devuelve la mitad.
   También Azieb dijo en voz alta y sonora
     – Que Dios os muestre la verdad – Y a continuación explicó – : Yo he devuelto todo lo que encontré. « Todo» quiere decir «todo». No me he quedado con nada, no he robado nada.
  El rey les dijo que repitieran lo que habían dicho. Lo repitieron sin cambiar ni una sola palabra. El rey se quedó un momento reflexionando y, luego, sin consultar con ninguno de sus consejeros, dijo:
    – Tú, hombre, has perdido ciento sesenta táleros y cuarenta monedas de oro. O sea, que la suma que te devuelven no es la tuya. ¡Entrégasela!
Hablaba con la mucha autoridad. El sacerdote que acompañaba a Wadadjé tenía todavía las bolsas con el dinero. Se acercó al rey y se las entregó. El rey se volvió hacia Azieb y le dijo:
    – ¡Tú, acércate!
   Ella dio dos pasos e hizo una reverencia ante el rey. Este le dijo en voz alta, para que todos pudieran oírle:
     – Toma esta fortuna que has encontrado. Tuya es. Nadie la ha reclamado. No hay nadie en la ciudad que busque una bolsa con ochenta táleros de plata y veinte monedas de oro.
Azieb le dio las gracias y se fue a su casa a comer la injera en compañía de los suyos.
   Wadadjé se marchó de la ciudad, sin decir a dónde le llevaban sus pasos. Unos afirmaban que iba a La Meca, otros aseguraban que iba de peregrinación a Lalibela.

Ciclo de lecturas sobre cultura y leyendas africanas, 2016. (En un lugar de... ).
Gracias a todos.

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Clarisa Tomás Campa. © All Rights Reserved.

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